LA PLAYA

Tengo mucho para agradecer a la vida, a los ochenta años logré hijos responsables y nietos amorosos. He viajado a muchos lugares, pero de todos los que conocí, hay uno que recuerdo con nostalgias. Cerré los ojos y me encontré allí, parada, descalza en la arena, respirando el aire salobre y el constante revoloteo de las gaviotas.

Mi compañero había partido antes, me sentía sola, lo extrañaba. Me gustaba escuchar mi nombre en sus labios. Sentía que pronto nos reuniríamos, no tenía idea cuándo ni dónde, sólo sabía que tenía que viajar a aquel lugar de playas solitarias.

Nadie me quiso acompañar y a pesar de la negativa de mis hijos, partí de todas maneras. Llegué, me instalé en una cabaña y salí a caminar muy despacio, encontré una gran roca y protegida por su sombra me senté en la arena mirando al mar.

Comencé a escribir algunas frases, palabras sueltas sin lograr coordinar un párrafo, levanté la mirada hacia el mar y la playa como buscando respuestas. A lo lejos una silueta lenta llamó mi atención.

Yo lo conozco, pensé. Busqué en los recuerdos, me esforcé sin resultados. A medida que se acercaba me resultaba más familiar. Faltando solo unos metros me paré, lo esperé y noté que traía algo en la mano, me cubrí del sol y lo vi.

-Soy yo, Carlos

-¿Carlos?... ¿De dónde viniste?... ¿Quién te dijo?

-Vine porque encontré tu carta.

-¿Cuál carta? Hace cuarenta años que no escribo una.

-Sí, hace cuarenta años escribiste en un papel, lo metiste en esta botella, le pusiste el corcho y la arrojaste al mar, luego muy, pero muy lejos yo la encontré.

-No recuerdo lo que escribí, ¿qué dice el papel?

Me abrazó suavemente, sacó el papel amarillento de la botella, la tinta ya no existía, los trazos eran solo surcos que se leían claramente: ”Ven pronto mi amor, te espero en la playa”.